martes, 27 de abril de 2010

(fragmento de "Andrea de nadie")

"[...]El primer chorro de agua estaba congelado. Salió de la alcachofa disparado, y apunté a una de las esquinas de la bañera. El desagüe se demoró en cumplir su función, y mis pies quedaron sumergidos en agua fría. Cientos de conexiones nerviosas se revolvían en la planta de los pies y los dedos, y pronto se esparcieron por todo el cuerpo. El primer brote templado comenzó a calentar el agua que me cubría hasta el tobillo. Apunté entonces a las pantorrillas, hasta que salió a una temperatura que me permitía destensar los músculos.
Fijé la alcachofa a la pared, a la altura de mi cabeza. El agua ya calentaba todo mi cuerpo. Me coloqué frente a la pared. El sudor, los microbios, la caspa, las motas de polvo y la pelusa del ombligo iban desfilando cuerpo abajo, y desaparecieron educadamente más allá del desagüe, por turnos. El vapor lo cubría todo. Sellé mis oídos con ambas manos, y me coloqué justo donde el chorro azotaba en mi cabeza. Cuando haces esto, escuchas desde dentro de ti cómo esa agua cae a unos centímetros de tu cabeza, y ese sonido no entra por tus oídos. Fue parecido a lo que viví ayer por la mañana, cuando escuchaba los goterones de lluvia golpeando contra la ventana. Esto de la ducha fue una versión aún más íntima que aquello de la lluvia contra la ventana. En ambas, la lluvia quedaba fuera y yo a salvo. Cerré los ojos. Me pregunté si aquella agua que me duchaba también procedía del Atlántico[...]"

lunes, 12 de abril de 2010

Justifica tus medios improvisando un fin a la medida.

Sobre la ficción y bajo la realidad

De una manera general y sin ninguna matización, estoy de acuerdo. La verdad ficcional no es verificable, mientras que la verdad real es. Sin embargo en mi adolescencia, al igual que en la de muchas otras personas, esta segunda verdad puede ser la menos verídica de las dos, por múltiples razones. Un adolescente desconoce cuál es su realidad, incluso duda si algún día encontrará alguna. Para un adolescente, la verdad está aún por construir, y a no ser que lo haga como quien compra una casa prefabricada, levantar sus muros puede costar años. Para alcanzar la conciencia del ser y corroborar nuestra presencia en el mundo, la verdad real nos resulta en ocasiones insondable, y el juego que ésta establece con la ficción puede ser puede ser imprescindible.

Así es como me ayudó aquel mensaje de voz. Descolgué el teléfono fijo, me pegué el auricular a la oreja y marqué el número de casa. Me llamé desde casa y a mi casa. Me llamé a mi mismo. Y como no es posible que el teléfono suene porque está descolgado y lo tengo pegado a mi oreja, saltó el contestador automáticamente. Telefónica así lo quiso. Cuando escuché el bip empecé a hablar. No sé bien qué dije, pero lo importante es que iba dirigido a mí mismo. El mensaje quedó guardado. Después colgué y volví a descolgar para escucharlo. Lo hice atentamente, y mi voz no sonaba como yo suelo escucharla. Esa voz real, la que la gente escucha los días en los que tengo algo que decir, llegaba a mis oídos como si fuese una entidad ficcional. Si este suceso del mensaje de voz está tatuado en mi memoria es por el alivio que experimenté. Fue un bálsamo para mi yo adolescente, que no encontraba en su vida el sentido que a ésta se le presupone.

Lo que me calmó fue lo algo tan simple que asusta comprenderlo. La voz que hablaba en el mensaje no era imaginaria. Era real, aunque en diferido, emitida unos minutos antes. Quien lo escuchaba también era real. Era yo unos minutos más viejo. Ahora, después de pensarlo mucho, entiendo que me consideré personaje de ficción por partida doble. Y es que, al grabar el mensaje, mi yo real, el del aquí y el ahora (o el del allí y el entonces), estaba hablándole a un yo futuro, el que me escucharía, aquel que aún no existía: le hablaba a un yo ficcional que no podía ser verificable. Además, cuando lo escuché unos minutos después, estaba siendo mi yo real el que escuchaba a un yo pretérito, el que ya no existía: también le hablaba a un yo ficcional, un yo que puede ser narrado, reproducido, pero que nunca volvería a existir.

Con esto, encontré en la ficción algo que la realidad misma no estaba dispuesta a brindarme, ni a mí ni a nadie. Fui consciente de que existía y que estaba vivo. Alcancé la conciencia del ser creyéndome un personaje de una historia autoficcional. Dentro todo queda en suspense, porque ni si quiera yo podría haber estado seguro al grabar el mensaje que unos minutos después estaría vivo para poder escucharlo. El camino se hace al andar, como dijo Machado, y atrás quedarán páginas, leídas, subrayadas, manchadas, con anotaciones en los márgenes. Quedarán mensajes de voz. Eso formará parte de nuestro recuerdo, de la ficción que un día sucedió. Y nosotros continuaremos, y seremos hasta que dejemos de serlo, y entonces otros podrán hablar con propiedad de nuestra realidad, de nuestra verdad. Y nos fingirán, porque ya no seremos reales, porque ya no seremos verdaderos. Seremos personajes de ficción, eco de una existencia que expiró, personajes de una narración que tampoco pueden ser verificables.

viernes, 19 de febrero de 2010

Miedos y mitos

Por cuestiones de género que desconocía y que aún le tienen intrigado, David nunca consiguió masturbarse sin la ayuda de material audiovisual. No era capaz de mantener su mente en blanco sin que la erección se le desinflase en la mano. Por eso acostumbraba a hacerlo pensando en las chicas de su clase. Si había escuchado su voz, le resultaba mucho más sencillo excitarse. Si habían entablado alguna conversación directa, cara a cara, le era inevitable hacerlo. Después de archivar todo el material audiovisual en su menuda cabeza, se encargaba de recrear los escenarios en su mente, y las voces (de ahí la importancia de haberlas escuchado hablar, porque la verosimilitud contribuye para que sea más excitante). Les atribuía actitudes que, sin duda, sus compañeras de doce años aún no habían desarrollado. Aún así, imaginárselas de esa guisa no era del todo descabellado. Le era inevitable, y desconocía David si lo era para todo el mundo. Tampoco quería pensarlo demasiado. Masturbarse era algo suyo, y de nadie más. No estaba obligado a rendir cuentas ante nadie, y las imágenes mentales de sus compañeras quedaban libres de derechos. Su cabeza era su escondite y, siempre que no fuese verbalizado, lo que allí ocurriese quedaba al margen de la leyes de la moral.

Se extrañó cuando Jorge, su compañero de clase, le pasó un cd a escondidas durante el recreo. “David, cópiatelo en tu ordenador y tráemelo mañana. No se lo digas a nadie, ¿entendido?”. Con este cd, Jorge le agradecía a David el haberle regalado el cromo que le faltaba en su colección, ayudándolo a ser el primer niño del pueblo en completar el álbum. Cuando David llegó a casa, comió lo más rápido que pudo, sin masticar. Su madre se extrañó. A David nunca le gustaron las lentejas, y aún menos si tiene que comerlas un viernes. Se encerró en su cuarto, musitando aún en un rincón de su boca la última cucharada de lentejas. Encendió el ordenador. Eran archivos avi. Tardó poco en saber de qué iban los vídeos, eligiendo uno y saltando azarosamente adelante y atrás con el cursor. Creó una carpeta, y la llamó con un nombre disuasorio: “apuntes“. Allí escondió el contenido del cd.

A David le costaba dejar para otro momento las cosas que le apetecían. Por eso no desperdiciaba ninguna de sus erecciones repentinas. En sus cascos, los gemidos de la chica del vídeo se escuchaban acompasados con los bramidos del chico. No pudo asimilar las imágenes que aparecían en la pantalla de su ordenador, inconcebibles para su mirada pueril. Sin embargo, se masturbó. Pronto sintió en sus mejillas un picor cálido. Olía al cloro de las piscinas. Cuando volvió a abrir los ojos, se asustó al ver que su uretra había escupido un líquido transparente ( la casualidad quiso que su primera eyaculación coincidiese en el tiempo y el espacio con su descubrimiento del cine porno ). Sin embargo, aquella noche no pensó en su semen. No pensó en los inconvenientes de tener que masturbarse, de ahí en adelante, sosteniendo un trozo de papel higiénico con su mano izquierda. Tampoco pensó en lo curioso de que su eyaculación fuese coetánea al visionado de cine porno. Lo que ocupó su cabeza aquella noche, tendido en la cama, con la luz apagada y los ojos bien abiertos, era aquella polla. Fue tal el impacto que produjo en David que, pensando en el tamaño de aquello, tenía la sensación de que la imagen no cabría en su pequeña cabeza. No podía conciliar el sueño. A cada momento corroboraba, subiendo con una mano el edredón y con la otra el pantalón del pijama, que en efecto su pene era, en comparación con la polla de aquel actor, un pene.rar.

“Jorge, ¿has visto la polla del tipo con bigote que aparece en el vídeo? ¡Tío, es tres veces la mía!”
“David, ¿cómo has podido fijarte en eso con las tetas que tiene la rubia? ¿no serás gay, no?

David no tardó en borrar todos los vídeos de su ordenador. Antes se había dado una segunda oportunidad. Se había masturbado de nuevo, esta vez con otro de los vídeos. Sin embargo, cuando el picor había sonrojado sus mejillas, de nuevo se atormentó. La polla del segundo actor no sólo era de dimensiones bíblicas, sino que además era ultravenosa, y el glande brillaba como un faro a pie de playa. No dejó ni rastro de los vídeos. Volvió a las andadas. Las pajas a la vieja usanza, que tantos placeres le habían proporcionado, no sólo no tenía efectos secundarios, sino que le ofrecía la oportunidad de practicar el onanismo portátil, sin depender de archivos avi, ni TPEG. La imaginación transportaba a David a paraísos construidos a medida desde cualquier lugar. Una ficción infinitamente más verosímil que la que ofrecía el porno.

Pasó el tiempo hasta sus catorce años. Aquel fue un verano, como siempre, más caluroso que todos los anteriores. En casa de sus abuelos las chicharras cantaban a coro, y sin desafinar una nota. Las ondas de la superficie de la piscina hacían que su figura temblase bajo el agua. Estaba sólo en la piscina, disfrutando del tacto suave y quieto de su piel sumergida. A los pocos minutos, el líquido ya blanquecino flotaba en el agua. Los olores a cloro se fusionaron. David ya conocía la contingencia de correrse, pero aún había cosas que se le escapaban. Creía que sus espermatozoides vivían eternamente, cuando lo que en realidad ocurre es que los empermatozoides se inmolan en su desdicha de no encontrar la mucosa del cuello del útero (la inmolación de los millones de los espermatozoides que viven en el semen de una sola eyaculación genera tanto almidón como el que hay en una botella de 5 litros de cloro para piscinas). David pensó que su esperma encontraría en las aguas de aquella piscina un lugar donde vivir a sus anchas. Por eso, cuando su tía María apareció con el bikini puesto, se aterrorizó. Ella bajó las escalerillas muy despacio, replegando sus hombros hacia el cuello, sin disimular que el agua estaba demasiado fría para su gusto. David la contemplaba impávido. Ni rastro del semen flotante. “Mierda, ya se ha desperdigado. Está por todos lados”, pensó.

Aquella misma noche David le confesó al tío Lucas que era muy probable que la tía María estuviese embarazada, y que él era el padre de la criatura. El tío Lucas contuvo la carcajada, y le pidió que le explicase en qué circunstancias había dejado embarazada a la tía María. Por ello, tuvo que explicar también el porqué de haberse masturbado en la piscina. David tiró del hilo en la conversación y, sin saber muy bien porqué, el motivo de las pajas portátiles lo llevó a definir su animadversión a masturbarse con películas porno. Uno nunca olvida ningún trauma, o al menos nadie lo consigue hacer del todo.

“Entiendo, David. Es normal que te preocupe. Yo también he pensado mucho en eso del tamaño. Es algo que a todos nos ha preocupado, en mayor o menor medida. Pero, ¿sabes cuándo dejé de preocuparme? Cuando un amigo, al que también le inquietaba el tamaño, me confesó la gran verdad: no es que los actores porno tengan unas pollas descomunales, sino que son las actrices las que tienen las manos muy pequeñas.”

domingo, 19 de julio de 2009

Sala Dividendos

Con una mano cerró la puerta, y con la otra desabrochó su cinturón y el primer botón del pantalón. Al mismo tiempo levantó la tapa del váter con la punta del zapato, y comenzó a mear antes de que su pene apuntase a la dirección correcta. El papel que descansaba seco a orillas del agua turbia no tardó en humedecerse, y resbalar hasta el fondo. Aquello olía fuerte. Era un olor que procedía desde lo más profundo de las entrañas, como si al salir hubiese removido rincones obviados por su organismo. Y sentía un primitivo placer, que provocaba que todo su vello corporal se erizase, desde el coxis hasta su nuca.

Salía constante en la presión, provocando un maremoto dorado en la superficie de agua turbia. Apretó las nalgas, para ver si así conseguía que saliese con más presión. De su pene comenzó a salir un géiser de bolsillo. No podía creer que todo el líquido que contenía estuviese saliendo por fin. Paralelo al potente chorro se derramaba un constante goteo que caía en picado, gotas que caían por su propia cuenta. Pasaron los minutos, y no cesaba, y se apoyó con la mano que le quedaba libre en la pared de azulejos que fueron blancos, con la cabeza gacha.

Pasaron las horas, y empezó a sentir que las piernas se le estaban quedando dormidas, y que su espalda empezaba a encorvarse. Su cuerpo encontró singularmente una postura cómoda. Tuvo mucho tiempo para pensar, todo el tiempo del mundo. Y pensó en Alfonsina, que lo esperaba en la barra, congelada en mitad de una conversación. Toda la noche parecía salida de un guión de cine, pero Alfonsín era tímido, y se sentía sobrecogido. Quería expulsarlo todo, y que cesase el tremendo revuelo que tenía lugar en su estómago desde hacía semanas.

Por fin lo expulsó. Escurrió las últimas gotas. Al salir del servicio sintió frío. No había ni rastro de la música, ni un solo eco. Uno de los camareros accionaba el lavavajillas, el otro secaba las copas con un trapo viejo. Preguntó si no habían visto por allí a una chica con el pelo corto que vestía jersey rojo de cuello alto. Se limitaron a responder que hacía una hora que habían cerrado, y que debía abandonar la sala. Alfonsín notó como una última gota le mojaba el calzoncillo, y se marchó a casa.

Mientras cruzaba la puerta que daba a la calle, Alfonsina se entretenía en el servicio de chicas, quitando bolitas a su jersey rojo. El cuello alto empezaba a agobiarla. Tenía entumecidos los muslos. La meada de Alfonsina, sempiterna, irritaba su vagina después de horas de humedad. Parecía no tener fin, pero su imaginación sí.

lunes, 11 de mayo de 2009

El sueño de la tieta

María Lourdes llegó aquella tarde a casa más cansada que de costumbre. Había tenido un día duro en el trabajo y la noche anterior se había quedado leyendo hasta tarde. Al salir de la agencia aún le quedaba media hora hasta llegar a la parada de autobús más cercana. Arrastró sus pies calle arriba, agarrando el maletín con ambas manos. Quien se cruzaba en su camino la esquivaba, ya que era evidente que ella no podría hacerlo. Debía emplear las pocas fuerzas que le quedaban en caminar en línea recta si quería llegar a casa sin desvanecerse en mitad de la acera. Para su suerte el autobús llegó en seguida. Al subir comprobó que todos los asientos estaban ocupados. Se colocó cerca de las puertas de salida. Cabizbaja, pasó su brazo derecho por la barra de acero frío y, hasta llegar a su parada, dejó pasar los minutos sin existir, sin pensar, a duras penas respirando. Aquel día todo a su alrededor se movía vertiginosamente, mucho más rápido que de costumbre.

Cuando por fin entró en casa, dejó el maletín en la entrada. Con su mirada fija en el sofá (que aquella tarde parecía aún más confortable y apacible que otros días) se desabrochó los dos primeros botones del pantalón. Cerró los ojos y anduvo de memoria por la alfombra. Se quitó los zapatos en mitad de camino. Se dio media vuelta a la altura del sofá y se dejó caer como un peso muerto, haciendo que crujiese la estructura. Una vez sentada, la cabeza cayó hacia atrás por inercia. El sueño adormecía sus sentidos y el descanso lo envolvía en una burbuja intangible. Su espalda reptó inevitablemente por el respaldo del sofá hasta caer sobre su costado. Su brazo quedó por detrás de su cabeza y su oreja recostada en su axila. Aunque en circunstancias normales es una postura incómoda, una fuerza muy superior a la suya le impedía moverse. Se podría decir que era un títere abandonado, ya que la vida de sus brazos y sus piernas parecía no pertenecerle. Y es que el cuerpo humano no es compacto: del tronco salen extremidades, cuello y cabeza, que no son sino las flores que salen en una patata redonda, lisa, homogénea. Aquella tarde soñó que podía desenroscar sus extremidades a la altura de las ingles y de las axilas, sin dificultad, sin dolor. En su sueño, con las piernas y los brazos amontonados al otro lado del sofá, descansaba plácidamente. Sin embargo, la realidad era bien distinta.

Al despertar ya era medianoche. María Lourdes quiso alcanzar el vaso de agua que quedó en la mesa la noche anterior. Al comprobar que no lo alcanzaba se extrañó, y comprobó que sus brazos habían quedado completamente insensibles. Ni si quiera sentía el insufrible hormigueo. Sabía que sus brazos dormían, pero no que soñaban con poder ser de rosca. Ellos también querían descansar sin la molestia de estar pegados a un cuerpo.

lunes, 20 de abril de 2009

Palindromía

Siento anticipar el final. Murió. Disparó el revólver contra el cielo de su boca. Antes de apretar el gatillo, robó el revólver a su padre. Una hora antes aprovechó que su padre había salido de casa temprano para buscar el arma por todos sus cajones. El fin de semana antes de morir había tomado la decisión de suicidarse. Durante la semana anterior a ese fin de semana había buscado cuál era la forma menos dolorosa de quitarse la vida. Un mes antes, el Doctor Fargas le comunicó que le quedaban tan sólo unas semanas de vida, y justo un minuto antes le dijo que habían estado analizando las radiografías y habían detectado un tumor alojado en su laringe en estado avanzado. Ese mismo día su padre llegó a casa con el revólver guardado en una bolsa de deporte, sin decir nada, pero olvidando la factura encima de la mesa del salón.

No mucho tiempo antes un resfriado mal curado había sido lo más grave que le había ocurrido al protagonista. Solo hacía unos años desde que presumió ante sus amigos de tener una salud de hierro. Ya en el instituto, en las excursiones al bosque, siempre había sido quien más alto subía al árbol, quien caminaba por el terreno más escarpado sin caer, el primero que se lanzaba al lago. En el colegio todos lo querían para su equipo de fútbol, y todas lo buscaban cuando había que sentarse por parejas en clase. En la guardería tenía el pelo rubio amarillento, y convencía con su carisma a sus compañeros a abrir el corral de las gallinas y dejarlas que se escapasen. En el carrito de bebé recibía piropos de todo el pueblo. Todos apretaban sus cachetes, todos le decían en un tono ridículo lo guapo que era. Tumbado en su cuna era observado mientras dormía, y le acariciaban su pelo rubio incipiente. Todas las enfermeras querían tenerlo en brazos el día que nació en el Hospital Octubre. Toda la familia acariciaba la barriga de su madre mientras él pataleaba en su interior con fuerza.
El espermatozoide más rápido llegó al óvulo. Aunque ese día, en el que tanto su padre como su madre estaban de acuerdo en tener un hijo, él aún no existía. La semana anterior tampoco, cuando el padre insistía en que era lo mejor para los dos, que todo iría mejor. Ni si quiera antes de eso, cuando la madre se negaba en rotundo. Él estaba muerto bastante antes de nacer.